Existen 4 tipos básicos determinados por factores genéticos, aunque su estado depende de factores intrínsecos (edad, hormonas, enfermedades) y extrínsecos (sol, tabaco, alcohol, estrés, nutrición, cuidados).
Piel normal: Piel equilibrada donde el sebo y la hidratación están en equilibrio. Presenta poros finos, textura suave y lisa, buena circulación, poca sensibilidad y color rosado y uniforme.
Piel seca: Produce menos sebo del necesario, por lo que carece de los lípidos que retienen humedad. Es sensible, se irrita con facilidad y presenta tirantez, aspecto apagado, picor, descamación y fragilidad.
Piel grasa: Se caracteriza por una elevada producción de sebo o "seborrea". Presenta poros agrandados, brillo constante, piel gruesa e irregular, con tendencia a impurezas (comedones blancos y negros) y acné.
Piel mixta: Combina zonas grasas e hidratadas: la zona T (frente, nariz y mentón) es grasa con poros agrandados, mientras que las mejillas son entre normales y secas, con déficit de lípidos.